


Historia, mentiras e injusticias
Diario EL PAIS
Empecemos por una breve síntesis histórica. Los tupamaros NUNCA lucharon contra la dictadura en nuestro país. Y el NUNCA está con mayúsculas para que no queden dudas ni pase desapercibido.
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Pero, el relato oficial de la izquierda los presenta como valientes ciudadanos que lucharon por nuestras instituciones y la democracia en el Uruguay. Eso es una gran mentira y esa mentira nutre textos de educación del país y busca manipular la cabeza de los niños y jóvenes.
Veamos. En el año 1962 aparece el Coordinador, un grupo que reunió a varias organizaciones de izquierda que, influidas por el ejemplo de la Revolución Cubana, estaban convencidas que era la hora de emplear la violencia y el terror en la política para alcanzar el poder. El mismo año en que se realizaban elecciones en el Uruguay que consagraban el triunfo del segundo gobierno blanco del siglo pasado y marcaban que el 91% de los votantes confiaban en los partidos tradicionales: 46,5% para el Partido Nacional, 44,5% el Partido Colorado.
El Coordinador es la génesis del MLN, que un año después (1° de agosto de 1963) daba su primer golpe con el robo de armas en el Tiro Suizo. ¿Contra qué dictadura peleaban los tupamaros?
Todos los asesinatos, robos, secuestros y extorsiones llevados a cabo por MLN fueron en época de gobiernos legítimamente constituidos, emanados de pronunciamientos populares como ha sido tradicionalmente el estilo uruguayo. Contra la dictadura, no dispararon ni un tiro.
La vinculación de los tupamaros con la dictadura es otra, mucho más grave. Con la policía desbordada y la justicia atemorizada -jueces y fiscales habían sido secuestrados- el país se vio en la extrema coyuntura de tener que apelar al Estado de Guerra Interno (año 1972) para combatir a la cada día más arrogante subversión. Y ello implicó sacar a los militares de sus cuarteles, y lanzarlos a la calle para restablecer el orden y la seguridad. Lucharon con éxito y en pocos meses desapareció el terrorismo del país; sus principales dirigentes y parte de la raleada “tropa” subversiva estaban presos y otros habían huido al exterior.
Cuando irrumpió la dictadura en el Uruguay (año 1973) hacía un año que los tupamaros habían sido derrotados por las Fuerzas Armadas.
La dictadura se instala cuando el gobierno -terminado el enfrentamiento con los tupamaros- pretendió que el Ejército regresara a sus cuarteles. Allí surgieron las ambiciones personales y el mismo mesianismo derrotado, aunque con otro signo político.
Cuando el Frente Amplio accede al poder, el presidente Vázquez en un acto de honestidad histórica, buscó impulsar el “Nunca Más hermanos contra hermanos”, que sería conmemorado los 19 de junio, junto con el natalicio del prócer José Artigas y que incluiría un gran desfile cívico-militar, donde los cadetes de las escuelas militares recorrerían las calles junto a niños y jóvenes estudiantes de las escuelas civiles.
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Todos los asesinatos, robos, secuestros y extorsiones llevados a cabo por los tupamaros fueron en época de gobiernos legítimamente constituidos. Cuando llegó la dictadura, ya estaban derrotados y no dispararon ni un tiro.
Además, las víctimas del terrorismo serían asimiladas a las víctimas de la represión, porque no tenía sentido seguir la guerra después de la muerte. Era su consolidación histórica: el primer gobernante de izquierda en acceder a la Intendencia de Montevideo, el primero en ocupar la Presidencia de la República y el gran responsable de la reconciliación nacional; de dar vuelta una página que separaba a los uruguayos.
Lo que nunca pensó Vázquez fue que su propia fuerza política saboteara el proyecto y lo hiciera sucumbir. Pero fue lo que pasó. Todas las leyes que se aprobaron fueron para “resarcir” a las víctimas del “terrorismo de Estado” y sus familiares. Todo el dinero que se aportó desde el Estado fue para ellos. Nada para policías, soldados o civiles caídos por las balas de la insania terrorista en defensa de las instituciones y la democracia en el país o, simplemente, privados de su libertad porque se le antojó a algún jefe de la sedición. Y, en esa carrera, acomodaron de paso los textos oficiales de la educación a la gran mentira e incluso dieron charlas informativas a los niños.
Ahora, un grupo de familiares de víctimas del terrorismo tupamaro nucleados en la “Asociación Toda la Verdad”, se reunió con el presidente Lacalle Pou. El motivo: “hacer una revisión de todos los libros oficiales que ha habido en los últimos años, donde se cuenta una historia a nuestro parecer, claramente distorsionada en los últimos 40 o 50 años”, según dijo Diego Burgueño, cuyo padre murió a consecuencia de una bala perdida en el asalto tupamaro de Pando.
Tienen razón y no alcanza con restablecer la verdad histórica. Si se trata de justicia, también hay que rever muchas otras cosas.
Mercedes Vigil
El Demonio Silencioso.
En estos días nos enteramos de la formación de una asociación que nuclea a víctimas de la guerrilla, algo muy necesario en un país que
desconoce el calvario de muchos orientales que cargaron su dolor silenciosamente.
Diego Burgueño se asoma desde los medios de comunicación para contarnos la contra cara de la historia reciente, una historia que no siempre es acogida con el respeto debido. Las ideologías han permeado hasta el tuétano a una sociedad poco dispuesta a escuchar a quienes no han sido etiquetados por el relato oficial. Muertes, torturas y aberrantes violaciones a los DDHH cometidos por grupos terroristas incomodan a quienes ven el pasado desde sus simpatías ideológicas.
Quienes no tuvimos ni arte ni parte en aquella guerra no podemos más que conmovernos ante el relato de quienes perdieron un ser querido, sin importar de donde vino la bala.
Cincuenta años más tarde las “otras” víctimas comienzan a contar su historia ante una ciudadanía acostumbrada a un discurso tan hegemónico como parcial. Siendo que la TV se ha transformado en el miembro más escuchado de las familias, alarma la falta de empatía de algunos a la hora de manejar temas tan caros para la sociedad entera.
Lejos estoy de extraviarme en esa falacia que intenta dividirnos hasta colocarnos en lugar de jueces a la hora de hablar de dolores imposibles de cuantificar si no se ha estado allí en algún momento.
Porque el dolor de Diego Burgueño narrando que el MLN asesinó a su padre a pocas horas de nacido es tan estremecedor como el de cada uno de los familiares de desparecidos por el terrorismo de Estado.
Establecer un “dolorómetro” para evaluar sus tragedias es casi un pecado, y observar la reacción de ciertos personajes que insisten en apropiarse del medidor de dolores, muestra la decadencia de una sociedad enfermizamente politizada.
Siempre dijimos que atentar contra la vida es inexcusable y cuando quien lo hace es el Estado, estamos ante un peligro mayúsculo porque su función primaria es proteger la vida de los ciudadanos.
Sabemos que hubo muertes y torturas de ambos bandos. Actores principales lo han confesado en reiteradas ocasiones, a veces usando nombres ambiguos que no cambian la realidad de los hechos.
Muchos reniegan de la Teoría de los dos demonios sin estudiar de ella más que los titulares. Originariamente recogida por Ernesto Sábato en su actuación al frente de la CONADEP argentina, fue desfigurada hasta la impudicia por Néstor Kissner y organizaciones de DDHH.
Hoy la historia con mayúsculas se hace paso entre medias verdades que intentan desdibujar un pasado que nos pertenece a todos.
La teoría de los dos demonios no justifica nada, solo explica como en los años sesenta las democracias latinoamericanas fueron jaqueadas por grupos organizados desde Cuba y la Unión Soviética, con la intención de sustituir democracias por dictaduras.
Así aparecieron organizaciones bien estructuradas como el MLN, FSLN, EZLN y las FARC con la finalidad de derribar democracias y es obtuso negar su papel en los quiebres institucionales de la región.
Esas organizaciones son “el otro demonio” al que refería Sábato quien, lejos estaba de justificar dictaduras. Negarlo es manipular los datos, ocultando la natural concatenación de sucesos que requiere hacer historia seriamente.
Esa intención de Sábato le valió el ser denostado por muchas organizaciones de DDHH que dejaron de lado los hechos para anclarse en memorias que solo tienen un valor personal y parcial, que no explican aquel derrotero vivido en Latinoamérica.
Cuando hablamos del otro demonio, no hablamos de individuos aislados, ni de soñadores inspirados en el Mayo francés. Hablamos de organizaciones estructuradas, financiadas y destinadas a establecer dictaduras en países democráticos.
Es momento de hacer historia real, explicando lo sucedido sin parcialidades ni humores personales, que solo tergiversan lo sucedido.
Es claro que tanto las dictaduras militares de derecha como aquellos grupos organizados para derribar democracias, fueron nefastos.
Las unas, hoy son historia. Las otras siguen causando mucho dolor y basta observar el estado de las libertades en Cuba, donde triunfó el otro demonio. Un demonio que algunos siguen negando, aunque la verdad rompa los ojos.
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